Day 28: Balcón
A mí me gusta sentarme en el balcón de mi departamento con los pies en la baranda, tomar mate y ver como se esclarece el cielo. A veces es la única cosa que me gusta.
El sol sale detrás del edificio que da al suroeste. La luz de mañana tarda en aparecer.
5:30. Abre los ojos y mira al techo. Sin mover la cabeza, mira a la ventana. No hay ninguna luz del sol. No tiene por qué levantarse tan temprano cuando se había acostado hace pocas horas. Da unas vueltas en la cama y decide levantarse a preparar el mate. Se para frente a la ventana del dormitorio y devisa el edificio que tapa la vista de la cordillera y piensa, «No tengo balcón».
El dormitorio de su departamento tiene una ventana que da al oeste. Cuando llegó hace unos años atrás, podía mirar la cordillera todos los días. Hasta de noche se las ingeniaba para verla. Ya no. Ni bien llegó, comenzaron a levantar un edificio de 12 pisos.
Camina a la cocina, todavía grogui, entra al baño y se echa un poco de agua en la cara preguntándose porque estaba despierto y fuera de la cama tan temprano en un frío sábado de mañana de junio.
Mientras espera que hierva el agua, contempla la imagen, como una fotografía, de un punto en la ruta donde convergen el vasto cielo azul y los imponentes nevados con matices de rojo, marrón, gris y negro. Qué contraste con el gris monótono de su día a día. El estrés, ahí afuera, en todas partes, lo penetra como una espesa niebla que tiene que atravesar. Húmedo y pegajoso, es una presencia intangible que raras veces se levanta para dejar entrar la luz del sol.
El hervor del agua interrumpe sus pensamientos y él los disipa completamente con un movimiento de cabeza mientras apaga el gas. Se levanta el mate forrado en aluminio.
—¿De dónde salió este mate? —dice en voz alta.
Con una sonrisita, casi de complicidad, diría, se encoge de hombros. Siente el frío en los pies descalzos y decide regresar a la cama.